Un silencio de siglos pesa sobre los campos de la Mancha, donde la tierra yerma parece fundirse con el cielo limpio.
1.La llanura infinita
Un silencio de siglos pesa sobre los campos de la Mancha, donde la tierra yerma parece fundirse con el cielo limpio.
En la mirada cansada del hidalgo arde una fiebre antigua, sedienta de justicia y de gloria.
A su lado, el sudor y el cansancio de Sancho recuerdan que el camino es largo y la realidad, implacable.
Entre la calima temblorosa del mediodía, una treintena de formas extrañas emerge en el horizonte.
Rocinante se detiene en seco. Don Quijote alza su mano enguantada y señala el destino con la certeza de los elegidos.
Lo que para otros es madera vieja, ante sus ojos se yergue como una legión de gigantes desafiantes.
—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho...
—¿Qué gigantes? —pregunta Sancho, frotándose los ojos bajo el sol abrasador.
—Aquellos de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
—Mire vuestra merced que aquellos no son gigantes, sino molinos de viento.
—Bien parece que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes.
—Y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos...
Rocinante arranca con un lamento de espuelas, sordo a los gritos desesperados del escudero.
Las advertencias de Sancho se pierden en el polvo, inútiles contra la marea de la locura caballeresca.
—¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!
Una racha de viento agita el aire y las enormes aspas comienzan su lento y pesado giro.
El crujido de los engranajes resuena sobre el páramo como el latido de un monstruo ancestral.
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Una breve plegaria a la señora Dulcinea y el caballero se entrega por entero a la tormenta.
Con la rodela firme y la lanza apuntando al cielo de madera, se inicia el asalto final.
El galope de Rocinante alcanza su clímax sobre la tierra seca, un viaje sin retorno hacia la leyenda.
Una inmensa aspa barre el firmamento, eclipsando la luz y devorando la pequeña figura del caballero.
El hierro de la lanza muerde la madera astillada con toda la furia del ímpetu heróico.
Un crujido violento y seco reduce el roble del arma a una lluvia de astillas que flotan en el aire.
La fuerza implacable del aspa arrastra consigo a Rocinante y a su jinete, elevándolos en un suspiro.
Suspendidos en el aire por un instante eterno, el caballero y su montura son arrojados al vacío.
El metal choca con dureza contra el suelo árido. El hidalgo rueda sin gloria en una nube de polvo seco.
Sancho espolea a su asno con el corazón encogido, temiendo encontrar tan solo un cadáver bajo la armadura.
Entre los restos del desastre, Don Quijote yace inmóvil, atrapado bajo el peso de su propio sueño roto.
—Aquel sabio Frestón ha vuelto estos gigantes en molinos... mas han de valer poco sus malas artes.